
No preguntes como llegué a recolectar las piedras que guardo en el abrigo, con el último aliento del cigarro y mi mirada fulminante deberías haberlo notado.
El frío de la madrugada me calaba hasta los huesos, dormir sentada a la puerta de la casa no había sido mi primera opción, solo saber que ya no existirías en la mañana me traía consuelo, un consuelo violento y desdeñable, que creo, me hacía menos persona. ¿Y que puta idea tenía yo de que eras invencible?
Al abrir los ojos me topé con tus zapatos rotos, alcé la mirada y vi tus ojos, y en tus ojos no había nada -una expresión que debo decir, fue más fría que la propia madrugada- mis manos temblaban, no sé si de frío o miedo, al solo tratar de guárdalas en mis bolsillos me dí cuenta que estaban amarradas. TE CONOZCO. Hubieras pagado un millón por solo sacarle una foto a mi expresión. El pánico se apoderó de mi y de pronto me vi envuelta en gasolina, me regalaste un último cigarro, ¿y ya que hacer? lo acepté optando por un final de vida, con un vicio que me mató a fuego.

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