Por esas calles angostas de la ciudad dormida vagaba el caminante como siempre sin rumbo alguno. Sus pensamientos escondidos dentro de sus manos, sus manos en los bolsillos, los bolsillos en la chaqueta y la chaqueta puesta sobre su cuerpo.
Vaciló varias veces de su existencia, pero encontrárselo torpemente cara a cara la sacó claramente de las dudas. Su especialidad; darse de golpe con los problemas.
Y la vida seguía su curso constante, el ruido, los autos, la gente, las micros (ojalá de esas amarillas), los perros, la vida.

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